Lisboa y Cascais

Mayo 2003.  Sábado por la tarde.

Llegué a la estación de Cascais y decidí irme caminando al hotel, ya que no se veía tan lejos en el mapa.  Después de haber caminado más de 15 minutos, y habiendo llegado a una zona residencial muy bonita, me di cuenta que me había perdido.  Revisé el mapa, retomé el camino y llegué al hotel.  El hotel tenía vista al mar y piscina, esta última importante ya que me gusta alternar días de visita con días de descanso y lectura.

Desde hacía años que quería conocer Lisboa.  Por fin la estaba conociendo. Caminé por los barrios de Alfama, la Baixa, el Chiado, el Barrio Alto y  la Plaza del Comercio. Visité la catedral de Lisboa y el Convento do Carmo.

Una tarde fui al Castillo de San Jorge.   El día estaba precioso.  En algún lugar del jardín alguien tocaba la guitarra portuguesa.  ¡Y la vista! ¡Magia!  Me podría haber quedado ahí por toda la eternidad.

El tercer día que fui a Lisboa fui al Museo del Azulejo. Me pasé todo el día en el museo, tanto que ver.  Había azulejos de todas las épocas y otros lugares. En el museo puede uno ver la historia de la ciudad a través del azulejo y su manufactura.

La comida.  Disfruté principalmente del bacalao, aunque también probé algún platillo con carne de cerdo.  También degusté el oporto – un vino, al que se le adiciona aguardiente durante el proceso de fermentación.  Ya conocía el tinto, el blanco no.

Cascais la recorrí los días de “descanso”.  Cruzaba el paso inferior a las vías del tren y caminaba por un caminito junto a la orilla del mar hasta llegar a la playa.  Como siempre me ha gustado sentir la arena, me quitaba las sandalias y caminaba tocando el agua.  ¡Pero que fría estaba el agua!  Claro, el Océano Atlántico, y apenas era mayo.

El viernes temprano por la mañana tomé un taxi al aeropuerto y le dije un “hasta pronto” a Portugal.

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