La cuota de ser el primero. 1a parte.

Me invitaron a desayunar y a pasar la mañana con ellos.

Manuel tenía 10 años en aquél entonces, siempre me ha caído súper bien. Teníamos buenos diálogos – muy divertidos. Esperanza tenía 4 años. No le gustaba saludar, pero ya que entraba en confianza me contaba y me enseñaba muchos de sus juguetes.

Tomamos el coche para ir al lugar donde desayunamos.

Manuel y Esperanza se divertían jugando; de repente ella le pegó a su hermano sin razón alguna, y él le devolvió el golpe. A partir de ese momento la situación se puso tensa. Su mamá volteó hacia los niños y le llamó la atención a Manuel, le dijo que se portara bien y que pusiera un buen ejemplo. La que comenzó la pelea fue Esperanza, no Manuel. Él trató de decírselo a su mamá, quien lo calló. Él quedó resentido y ella sin castigo.

Todos los primogénitos viven situaciones como esta en su infancia. Los papás asumen que el hermano menor – por ser más chiquito – es inocente, y que el mayor – por ser más grande – es el maldoso y aprovechado. No les dan la posibilidad de contar su versión de la historia.

Manuel se quedó con un mal sabor de boca. Lo regañaron y callaron, ¿qué buen ejemplo debía de dar? ¿El de tener que aguantarse todo? ¿No tenía derecho a poder contar su versión? ¿Y sólo porque es el primogénito?

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